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Sunday, June 15, 2008

Canada pide disculpas a los aborigenes de esa nacion por agravios cometidos en el pasado!

El mundo según Guerra
Por Gabriel Guerra Castellanos


Durante más de un siglo, una perversa política gubernamental separó a decenas y decenas de miles de niños de sus padres, enviándolos a escuelas lejanas, con el propósito de “integrarlos” a la cultura nacional.

Las familias fueron divididas de una manera tan simple como brutal: los hijos en edad escolar eran enviados —por la fuerza de ser necesario— a internados en los que se les enseñaba, en un idioma distinto al suyo, a respetar formas que tampoco eran las suyas, basándose en una religión que menos lo era, todo bajo el cuidado y la tutela de profesores que poco o nada tenían en común con los alumnos.

Alrededor de 150 mil menores, de los cuales hoy en día sobrevive poco más de la mitad, fueron obligados a aprender las reglas de la clase dominante a la vez que debían olvidar sus propias costumbres y creencias. Más allá del trauma provocado por la separación forzosa de sus familias, los niños y adolescentes se enfrentaron al absurdo de tratar de adaptarse a un mundo que evidentemente no era el suyo y que no los quería ni los aceptaba como propios.

Las escuelas, casi todas religiosas, practicaban la máxima de que “la letra con sangre entra”, pero no sólo eran castigos físicos y maltratos los que herían a los pequeños. Numerosas acusaciones de abuso sexual hacen creer que esa era una aberrante y frecuente práctica en las así llamadas “escuelas residenciales”, una bonita manera de llamarle a los internados del infierno.

Tal vez alguno de mis lectores haya visto, allá por el año de 2002, la película australiana Rabbit-Proof Fence, que relata la historia verdadera de dos niñas aborígenes que deciden huir del internado oficial al que se las ha remitido. A lo largo de nueve semanas y 2,400 kilómetros, las niñas siguen la ruta de una cerca hasta llegar de regreso a su comunidad de origen. El final, que no cuento por si alguien decidiera verla, es desgarrador, pero no tanto como la historia misma del secuestro oficialmente permitido de las niñas y de los maltratos que sufren.

Pero la historia a la que me refiero hoy no es la de los aborígenes australianos, que han sufrido —y mucho— lo suyo, sino de los de un país mucho más cercano a nosotros geográfica, política y culturalmente. Un país que para muchos en el mundo es modelo de buen comportamiento, calidad de vida y decencia; en el que muchos quisieran vivir.

Se trata de Canadá, donde —de 1857 a 1996— se practicaron las aberraciones ya mencionadas y que apenas ayer pudo admitir formalmente su corresponsabilidad y su culpa en esta gravísima violación de los más elementales derechos humanos.

En un evento sin precedentes en la Cámara de los Comunes, el primer ministro conservador Stephen Harper no sólo se disculpó ante los grupos aborígenes en general y las víctimas en particular, sino que además asumió la carga que le toca en esto al gobierno y al Estado canadienses. Refrescante el hecho de que el líder de la oposición liberal admitiera también la responsabilidad de su partido (que gobernó durante 80 años de esta aberrante política).

Seguirá ahora una parte relativamente fácil, la de la restitución económica, que costará unos dos mil millones de dólares. Un poco más difícil será la creación de una Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que tendrá un mandato de cinco años y deberá estudiar los testimonios de víctimas y victimarios.

Pero la parte más complicada, que ayer recibió escasa atención, tiene que ver con el futuro de cerca de un millón de aborígenes que hoy malviven en Canadá, con tasas de desempleo, analfabetismo y suicidio muy, pero muy superiores al promedio nacional.

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